viernes, 18 de septiembre de 2009

Mazzarello


Su aire de desprotegido sobresalía y tapaba a cuanto bailarín de tango había en la pista y alrededores de Salón Canning. Puedo decir que conozco a los actores y que la mayoría tiene un excedente de “presencia escénica” que se torna deprimente. A los bailarines de tango (y me refiero a los que bailan de manera profesional) los pongo en la misma bolsa: son, en su mayoría una fiel copia del muñequito de torta que se planta erguido sobre el bizcochuelo con su atuendo formalote. Quieren escenario aún sin tener espacio físico donde hacer un ochito milonguero. Un asco. Un asco de verdad la tensión corporal que produce el deseo de estar queriéndose exhibir. De dónde extraer motivación para abrazar a un hombre a quien no le importa conocer y comunicarse en lo mas mínimo con su fortuita compañera. Un verdadero displacer para quien es usada como tal en busca de este chato fin exhibicionista. Y, una pérdida de tiempo, para mi que voy a la milonga con esta “sed… que me hace arder y que me enciende el pecho de pasión” .
Esa noche el promedio (tres deseados hombres) se me había reducido a él: Marcelo Mazzarello, con quien no había mezclado aliento y así y todo estaba segura de querer mezclar mucho mas que eso.

(Imagen: Google)

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