jueves, 3 de julio de 2014

Maldita Milonga

Anoche anduve en La Maldita Milonga. Me gusta la oscuridad, los destellos azulados, bailar con  la orquesta de estos chirusos, que te hablen poco, que te saquen a bailar sin tanto jugueteo...No abunda la troupe de milongueros conocidos y me parece que eso es precisamente lo que hace de este lugar un sitio relajado, donde todavía hay abrazo cerradito y poco cuello duro... Bailé con un yanqui, un catalán, un mexicano, un panameño, dos chilenos, dos brasileros y dos argentinos. Bailaba tan hermoso el panameño; la espesura de sus rulos cubría mi cara a manera de carpita y casi que ahí abajo era tan difícil no confesar los deseos más íntimos que entre un tango  brotaban. Robusto, morocho, ni tan alto ni tan abajo. Justito para acomodarnos, olernos, descubrirnos, desnudarnos, amarnos por un rato. Remera verde, un tatuaje con un nombre que no pude descifrar, un pearcing en su lengua y un par de ojos redondos...Cómo me gustan los milongueros encubiertos, que parecen metaleros; cualquier cosa menos tangueros...
Pero se fue, como se van tantos después de la tanda. Se fue contento, junto a sus rulos alborotados, entre el aire poco fresco del ambiente... Y volví a mi banqueta, junto al vaso vacío perfumado a fernet a tragarme su ausencia con la mejor cara para volcarme a otros cuerpos por otro rato. 
No eran ni las tres cuando aparece el anuncio de última tanda y sentís que todavía te falta, que te falta tanto para estar con cuerpo flotando, con mente de niebla... No te queda otra: caés a donde sabés que aún sin ser la milonga de tu preferencia, hay tangos que te encuentran con los rayos de sol acuchillándote  por la espalda.


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